sábado, 5 de julio de 2008

Cartuchos Rojos: los medios de la vergüenza

26 de Junio de 2002, Alberto Santillán estaba feliz por haber pasado un fin de semana con su hijo, Darío. Ese día, se levantó y lo despidió, orgulloso de saber que luchaba por la igualdad y por un trozo de pan.

Alberto abrazó a Darío, fuerte, preocupado porque sospechaba algo raro. Lo que nunca iba a pensar es que ese apretón, esa muestra de cariño, sería la última. Después del 26 de Junio, su vida se convertirá en un calvario.

Darío Santillán salió del barrio con sus compañeros, se dirigió al puente, lo guiaban sus ideales. Gorra blanca, pañuelo en la cara, jean roto y gastado, campera negra, pelo largo, barba y, entre sus manos, sujeto un bastón de hierro, agarrado fuerte, con bronca y sabiendo por lo que peleaba.

Un clima enrarecido se observaba con la llegada de los distintos grupos piqueteros, la policía extrañamente quedó acordonada, de un segundo para otro, todo se convirtió en caos. Una nube de humo se apoderó de la visibilidad, la policía reprimió y comenzó a perseguir a los manifestantes.

Santillán corre, pasa la estación de trenes pero regresa porque sus amigos de la infancia se quedan allí y la policía está por entrar. Esa decisión será definitoria.

Fanchiotti entra por una de las puertas, zigzaguea con itaca en mano. Kosteki yace muerto sobre el piso, Darío pide a gritos: ¡Paren! ¡Paren!. Los efectivos tienen un gesto de bondad y le dicen que se vaya, Santillán sale corriendo, un metro y medio separa a Fanchiotti de la espalda de Darío. El policía jala el gatillo.

Un cartucho rojo se desprende de la itaca, Santillán tendido en el piso agonizando, fotógrafos y cámaras filman el hecho. Luego, los uniformados lo arrastran como una bolsa de papa y lo suben a una camioneta. Minutos de vida le quedaban al joven militante.

Alberto camina de lado a lado pensando cómo estará su hijo, suena el teléfono y su hermano le dice que se fije en las noticias. Todo era confuso, decide ir al hospital para comprobar si era realmente su primogénito, en ese camino casi eterno piensa y busca la alternativa que Darío podían haber muchos. Pero no, era él… El mundo se le derrumbó, jamás podrá concebir una muerte tan injusta.
Los medios, al referirse sobre este acontecimiento, tapaban lo sucedido, compraban las mentiras oficiales y ocultaban información. Julio Blanck -Editor Jefe del Diario Clarín- pasaba de alto la frecuencia fotográfica y los hechos. El título de ese día fue: “La crisis causó dos nuevas muertes”.

Desde las declaraciones de Juan José Álvarez, Jorge Matzkin, Eduardo Duahalde y otras personas afines al gobierno; se daba la información de un enfrentamiento entre piqueteros. Las grandes cadenas multinacionales difundían este mensaje, pero gracias a los medios alternativos y fotógrafos independientes el engaño duró tan solo tres días. Al cuarto, Clarín publica la secuencia del asesinato de Santillán y ya no lo muestra como un piquero sediento de violencia, sino como un luchador social.

Ya se cumplieron seis años de ese terrible hecho que no se debe olvidar, los asesinos uniformados están condenados, los políticos que dieron a la señal para la represión siguen impunes y los medios fueron autores fundamentales para entorpecer la justicia y mostrar a los piqueteros como “negros bárbaros”. Alberto sigue esperando para ver a todos los responsables en la cárcel, pero tiene la certeza que su hijo dejó una semilla, la de la conciencia.

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